¿En sentido del fin, es decir, la sensación del fin y su postulación noética, requieren un sensibilidad filosófica sui generis? Los apóstoles del apocalipsis tienden a la especulación grandilocuente, abogan por una visión (teoría) de las cosas después de haber sido ellas mismas, en su calidad de muertas. Ante ello la objeción marxista (Boron 465, 469) es interesante, retocada para nuestros fines: hablar del fin de la historia implica conocer la escencia no solo de la historia, sino de todo lo que dentro de ella ha llegado a un estado de caducidad tal que permite reconocer el mentado fin.
Al parecer, no hay ninguna muerte como caducidad de la esencia asociada al fin predicado. Ello puede notarse en el acercamiento a la realidad que algunos asocian con el fin del arte (Danto 36). La conciencia que el arte adquiere de sí mismo no lo abstrae o lo vuelve autónomo: a fuerza de saberse amparado por las convenciones genéricas, se acerca peligrosamente al estatus de cosa, tentando sus límites.
¿El resultado desde el punto de vista del fin como muerte? Ninguno. Los procesos sociales que lo amparan siguen un camino irreparable. ¿Por qué tendríamos que reparar el estado del arte? Pero, insisto, ¿qué sensibilidad, entonces, sostiene el sentido del fin? ¿Una sensibilidad filosófica que se resiste al punto-de-vista-del-desarrollo-sostenible? (Badiu 24). Es posible, tanto como que la muerte del arte es la muerte del mundo de coordenadas estéticas que empieza a "pervertirse" en el pluralismo (nadismo) contemporáneo. Si anuncio su muerte, puedo detener su corrupción antes de que empiece a oler a podrido. Esa ha sido una tarea milenaria del filósofo: la retórica del formol.
En realidad, la fórmula estética es sencilla: no hay contradicciones o inestabilidad relativistas sino abundancias (Tatarkiewicz 15). Ahora bien, esa fórmula no tiene nada de algebraica. Es, más bien, zenonista, en tanto que predica, en el fondo, una incognoscibilidad de lo infinito y no una matemátización capaz de resumirlo en términos finitos (Colli 23).
Dos alternativas: negar la incognoscibilidad o postular una agenda relativa a su carácter ilimitado. El problema con la primera alternativa es perder la posibilidad de generar un léxico ad hoc a la condición plástica del "caos" y, con ello, limitar el pensamiento, tal cual le ocurre a un sordomudo (Sacks 55). Capaces de ver, no podríamos, sin embargo, articular nada al limitarnos a el lenguaje de un estado de la cultura carente de Espíritu del Mundo. Ejemplo palmario el de Cavalli Sforza, que hace de la cultura la suma de nuestros inventos (23).
Otrosí: la fenomenología, bisagra léxica entre dos mundos: el moderno del sujeto y posmoderno de la autoreferencialidad de los límites. ¿Pueden la fenomenología, la semiología fenomenológica, ser el álgebra faltante? [Husserl].
Cuando eso es lo que parece, vuelve la historia siguiente a cuestionarnos [Culler, Penedo]. ¿Las reglas, las convenciones, que son, sino los límites de nuestro mundo asumido como el mundo de otro, de un otro siempre postergado, siempre límite o fuera del sistema, síntoma donde los haya (Boron 468)?
Pd: La lógica psicoanalítica siempre es final, porque no se ruboriza al asumirse como elusiva. las teorías hoy, y perdonen la prosopopeya, solo sobreviven cuando se asumen.
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